jueves, 16 de febrero de 2017

No sabríamos decir





"No sabríamos decir cuánto debemos ya a esta luz, que puede ser alta y terrible como un dios o declinar como animal de fuego hacia el crepúsculo, arrastrando con ella todo el cielo hacia la línea donde no acaba ciertamente el mar".


José Ángel Valente
 

sábado, 19 de noviembre de 2016

El propio desierto de lo real


Si ha podido parecernos la más bella alegoría de la simulación aquella fábula de Borges en que los cartógrafos del Imperio trazan un mapa tan detallado que llega a recubrir con toda exactitud el territorio (aunque el ocaso del Imperio contempla el paulatino desgarro de este mapa que acaba convertido en una ruina despedazada cuyos girones se esparcen por los desiertos —belleza metafísica la de esta abstracción arruinada, donde fe del orgullo característico del Imperio y a la vez pudriéndose como una carroña, regresando al polvo de la tierra, pues no es raro que las imitaciones lleguen con el tiempo a confundirse con el original) pero ésta es una fábula caduca para nosotros y no guarda más que el encanto discreto de los simulacros de segundo orden.
Hoy en día, la abstracción ya no es la del mapa, la del doble, la del espejo o la del concepto. La simulación no corresponde a un territorio, a una referencia, a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal. El territorio ya no precede al mapa ni le sobrevive. En adelante será el mapa el que preceda al territorio —PRECESIÓN DE LOS SIMULACROS— y el que lo engendre, y si fuera preciso retomar la fábula, hoy serían los girones del territorio los que se pudrirían lentamente sobre la superficie del mapa. Son los vestigios de lo real, no los del mapa, los que todavía subsisten esparcidos por unos desiertos que ya no son los del Imperio, sino nuestro desierto. El propio desierto de lo real. 
Jean Baudrillard, Cultura y simulacro

viernes, 30 de septiembre de 2016

Último encuentro con un perverso narcisista




Te llaman y no estás. Contestas y no hablas. Figuras e, invisible, corres las cortinas con rabia.

Por fuera mientes como un demonio hirviente y disfrutas con ficciones que emergen de un círculo perverso.

Por dentro te carcome el vacío, el negro profundo de una vacua existencia insoportable.

Pero todo se evapora en la noche, ¿lo sabías? La sombra se proyecta perfilada en aquella fachada y ya no cabe duda. El espectáculo se acaba. El juego de reflejos desaparece y el silencio se hace muerte.

lunes, 12 de septiembre de 2016

En blanco


Tengo la extraña sensación de haber sobrevivido a una tormenta, una tormenta silenciosa, estática, fija, rígida, casi congelante. No sé siquiera si ha pasado o no. Si sigo inmersa en esta extrañeza.
El mundo se ha vuelto muy complicado (o quizás siempre lo fue). Me enseñaron unos principios básicos, pero nada acerca de los refulgentes brillos de colores que nos deslumbran. Acechan las apariencias y todo se ha vuelto reflejo si lo miramos atentamente a pesar de la falta de tiempo que nos atenaza.
Me siento atrapada en una rueda, impotente. Trato de reír cuando nadie me escucha, pero la carcajada es demasiado brutal y estremece. ¿Nos habremos transformado ya en monstruos?
Las manos no responden. El abismo se acrecienta. El sinsentido ha subido a la superficie y campea a sus anchas.

sábado, 9 de abril de 2016

Algo peliculeros desde el principio


Según el novelista Biély, «somos el transcurrir de un film cinematográfico sometido a la acción minuciosa de fuerzas ocultas: si el film se detiene, nos coagularemos para siempre en una pose artificial de espanto». 
Deleuze, La imagen-tiempo. Estudios sobre cine 2

sábado, 2 de abril de 2016

Estar solo, sin espíritu, sin memoria, cerca del mar


Sólo en el seno del rostro, del fondo de su agujero negro y sobre su pared blanca, podremos liberar los rasgos de rostridad, como pájaros; no volver a una cabeza primitiva, sino inventar las combinaciones en las que esos rasgos se conectan con rasgos de paisajidad, a su vez liberados del paisaje, con rasgos de picturalidad, de musicalidad, a su vez liberados de sus códigos respectivos. Con qué alegría, que no sólo era la de un deseo de pintar, sino la de todos los deseos, han utilizado el rostro los pintores, incluso el de Cristo, en todos los sentidos y en todas las direcciones. Y el caballero del roman courtois, ¿quién puede decir si su catatonía es debida a que está en el fondo del agujero negro, o a que cabalga ya las partículas que le hacen salir para un nuevo viaje? Lawrence, que fue comparado con Lancelot, escribe: “Estar solo, sin espíritu, sin memoria, cerca del mar. (…) Tan solo y ausente y presente como un indígena, oscura sombra en la arena dorada. (…) Lejos, muy lejos, como si hubiese tocado tierra en otro planeta, como un hombre que pisa tierra firme después de la muerte. (…) ¿El paisaje? Se burlaba del paisaje. (…) ¿La humanidad? No existía. ¿El pensamiento? Hundido como piedra en el agua. ¿El inmenso, el brillante pasado? Empobrecido y deteriorado, endeble, endeble y translúcida concha arrojada a la playa. Momento incierto en el que el sistema pared blanca-agujero negro, punto negro-playa blanca, como en una estampa japonesa, se confunde con su propia salida, su propia huida, su travesía.  

Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas